domingo, 12 de diciembre de 2010

55. Quemar un pueblo de Patricio Jara


Por esas cosas de la vida me tocó estar el año pasado en el lanzamiento de este libro. Allí el reputado critico Camilo Marks se extendió largo y tendido en su discurso de presentación, habrá hablado fácil 20 minutos sobre lo bien que lo había pasado leyendo el libro, relatando siempre desde su fuero, sin nunca realmente ahondar de que se trataba la novela, limitándose a relatar su experiencia como lector. “Lo pase fantástico”, “me lo leí de una sentada”, “me entretuve muchísimo” eran los epítetos que nuestro más grande critico usaba pretendiendo ser elogioso y que no distaban mucho en verdad, de los comentarios de cualquier abuelita jubilada, tomando tecito en algún Club de Lectura de esos que hay en Providencia, podría entregar.


La actitud de Marks, sin embargo, no era casual. Parecida un poco al diplomático payaso que aparece en el primer libro de la Fundación de Isaac Asimov, su objetivo era menos hablar sobre el libro, que no hablar sobre él. Astuto, Marks evadió el tema olímpicamente y yo por largo rato he escrito, borrado y vuelto a escribir esta columna pensando si debería o no hacer lo mismo.


Sin embargo, uno de los párrafos que no he querido borrar, es el siguiente, en el cual, mencionó el tema del ritmo, dejando de lado o desentendiéndome de los otros temas que envuelven a este libro:


Una de las lecciones que suelen impartirse en los talleres literarios es la de coger al lector de las solapas y no soltarlo más. “Empezar con un terremoto” decía Elia Kazan “y de ahí, para arriba”. Uno de los métodos que sirven a este propósito es el uso de una prosa intensa, una acción trepidante, donde las escenas se sucedan con rapidez y el lector no tenga un respiro. Pero la intensidad, pese a ser un recurso sumamente eficaz, es susceptible de ser arruinada. Si el escritor se excede, se pasa de rosca, echa demasiada carne a la parrilla, el lector llega rápidamente al punto de saturación donde se abruma, se agota, sucumbe a la tentación de arrojar la toalla, lo que a las claras también es un error. Saber encontrar la justa medida entre las continuas peripecias y una cierta solidez narrativa (que el lector no sienta que todo es tan vertiginoso que se torna irreal), es un merito que no se obtiene por casualidad y que es característico de los narradores con oficio.


Un párrafo laudatorio y ajustado a lo que entrega Quemar un pueblo por lo demás. Una reseña casi justa.


No sé. En un país donde se habla tan mal de los libros y la lectura, juzgo indignante echarle más leña al fuego. Ayer solamente, leí una columna en Las Ultimas Noticias (el titulo del periódico es sumamente literal sobre sí mismo) acerca de “la tontera de leer libros” (sic), ello, no como hecho aislado, sino como un capitulo más parte de la extensa guerra que, allá afuera, se da contra la Literatura. ¿Debo yo acaso contribuir con mi grano de arena a esa causa infame?


Mis disculpas por anticipado a todos mis lectores por esta no-reseña. En todo caso, y tal como decía Marks, el libro es sumamente entretenido. Además, en algunos pasajes el autor de Quemar un pueblo demuestra una habilidad estilista cercana al Truman Capote de Otras voces, otros ámbitos, sobre todo en el párrafo omitido de la apertura que debió de todos modos incluirse en la edición final.


Saludos

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